
Es una pregunta profunda, pero, curiosamente, casi nunca aparece en el centro del debate público. La política provincial suele estar ocupada en la coyuntura, en las disputas del momento, en la lógica electoral. Sin embargo, el desarrollo de una sociedad no se define en el corto plazo, sino en la capacidad de proyectar su futuro.
El mundo está cambiando a una velocidad extraordinaria. Las economías que crecen ya no lo hacen solamente por tener recursos naturales, sino por saber cómo transformarlos en conocimiento, valor agregado y empleo de calidad.
Y cuando uno observa al Chaco con esa perspectiva aparece una primera conclusión importante: el Chaco no es una provincia pobre; es una provincia con un enorme potencial todavía no desarrollado.
Tenemos tierra fértil, agua, capacidad productiva, energía, ubicación estratégica en el norte argentino y, sobre todo, ciudadanos con una enorme cultura del trabajo. Pero, al mismo tiempo, llevamos décadas con dificultades para transformar ese potencial en desarrollo sostenido.
La pregunta entonces no debería ser por qué somos una provincia con altos niveles de pobreza. La pregunta debería ser por qué todavía no logramos convertir nuestras ventajas en oportunidades de crecimiento.
Durante muchos años el norte argentino ha quedado atrapado en una lógica en la que se administra la escasez en lugar de construir riqueza. No porque falten capacidades, sino porque no hemos logrado consolidar un proyecto de desarrollo de largo plazo.
Hoy el mundo abre oportunidades enormes para regiones como la nuestra. La bioeconomía, la transición energética, la producción de alimentos, la tecnología aplicada al agro, la economía del conocimiento y el comercio internacional de productos con valor agregado son sectores en expansión.
Todos ellos comparten algo en común: necesitan territorio, recursos naturales y talento humano. Exactamente lo que tiene el Chaco. Pero aprovechar esas oportunidades requiere algo fundamental: una visión estratégica compartida.
Las provincias y los países que logran desarrollarse no lo hacen simplemente porque un gobierno gana una elección. Lo hacen cuando la sociedad logra construir acuerdos básicos sobre su rumbo productivo y su inserción en el mundo.
En el Chaco necesitamos empezar a discutir seriamente cuál es nuestra matriz productiva para la próxima década. Cómo vamos a agregar valor a lo que producimos. Cómo vamos a integrar infraestructura, logística, innovación y educación para generar empleo y crecimiento.
Necesitamos discutir cómo transformamos nuestra enorme capacidad agropecuaria en agroindustria. Cómo aprovechamos la energía y la logística para integrarnos mejor al mercado nacional e internacional. Cómo formamos a nuestros jóvenes para los trabajos del futuro y no solo para los del pasado. Y también necesitamos asumir algo que muchas veces evitamos decir: el desarrollo no se logra en un período de gobierno.
El desarrollo es una construcción generacional. Requiere continuidad, planificación y acuerdos que trasciendan a las administraciones de turno. Por eso es tan importante que la política pueda elevar la mirada y dejar de discutir únicamente el corto plazo.
No se trata de abandonar el debate democrático ni las diferencias, que son naturales en cualquier sociedad. Se trata de que esas diferencias no nos impidan construir un horizonte común. El desafío del Chaco no es ideológico. Es estratégico.
No se trata de derecha o de izquierda. Se trata de crecimiento o estancamiento. De oportunidades o resignación. De futuro o pasado. Estoy convencido de que nuestra provincia tiene todas las condiciones para convertirse en uno de los polos de desarrollo del norte argentino. Pero para lograrlo necesitamos algo más que diagnósticos. Necesitamos una sociedad dispuesta a pensar su futuro con ambición y con responsabilidad.
El Chaco del futuro no se va a construir desde un escritorio ni desde una consigna política. Se va a construir en el trabajo cotidiano de quienes producen, emprenden, investigan, enseñan y estudian en cada rincón de la provincia.
Y la política tiene la responsabilidad de acompañar ese proceso, generando acuerdos, impulsando ideas y construyendo confianza. Porque cuando una sociedad comienza a creer en su propio futuro, el desarrollo deja de ser una aspiración y empieza a convertirse en una realidad.
Autor Victor Zimmerman


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